Lo confieso: no me gusta la publicidad.
No me gustan los gritos disfrazados de ofertas irresistibles, ni las urgencias inventadas que nos hacen sentir que siempre llegamos tarde.
No me gustan las frases vacías que prometen milagros imposibles ni los mensajes que parecen escritos más para engañar que para conectar.
Y sin embargo, trabajo en publicidad.
Una contradicción aparente, lo sé. Pero en realidad, fue precisamente ese desencanto lo que me trajo hasta aquí.
De la saturación al propósito
Vivimos rodeados de anuncios. En cada pantalla, en cada calle, incluso en los silencios. La publicidad ha pasado de informar a interrumpir. De inspirar a presionar. De acompañar a manipular.
Y cuando todo grita, lo verdaderamente poderoso es el silencio.
O mejor dicho, la pausa, la escucha, la historia contada con respeto.
Descubrí que detrás del ruido hay otra forma de comunicar: más honesta, más humana, más consciente. Una forma que no necesita disfrazar la verdad para emocionar. Una forma que pone a las personas en el centro, no al producto.
La publicidad que no convence, sino que conversa
Cuando una marca se comunica desde su verdad —no desde lo que quiere vender, sino desde lo que puede aportar—, el mensaje cambia por completo.
Ya no se trata de “persuadir” a alguien, sino de invitarlo a formar parte de algo.
De construir vínculos. De generar confianza.
Y eso, aunque parezca menos rentable, es lo que de verdad funciona a largo plazo.
Porque la gente no quiere más anuncios. Quiere autenticidad. Quiere marcas que hablen su mismo idioma, que se mojen, que comprendan.
Y eso solo ocurre cuando la comunicación deja de ser un disfraz para convertirse en un diálogo.
Trabajar desde la contradicción
A veces me preguntan cómo puedo dedicarme a algo que, en teoría, no me gusta.
Y mi respuesta es sencilla: porque quiero transformarlo desde dentro.
No creo en la publicidad que impone, pero sí en la comunicación que inspira. No creo en la urgencia vacía, pero sí en el mensaje que moviliza.
No creo en manipular emociones, pero sí en crear historias que las despierten.
Si algo he aprendido, es que se puede vender sin presionar y emocionar sin mentir. Y cuando eso ocurre, el resultado es mucho más que una campaña: es una conexión real.
Una invitación a repensar
Ojalá todos los que trabajamos en comunicación recordáramos más a menudo que cada palabra construye una relación. Que detrás de cada clic, cada anuncio y cada historia, hay alguien al otro lado esperando ser tratado con respeto.
Sigo creyendo en esa publicidad que no convence, sino que conversa.
En las marcas que cuentan historias, no cuentos. Y en las personas que siguen creyendo —como yo— que la creatividad también puede ser una forma de cuidar.
Si eso me vuelve idealista, prefiero seguir siéndolo.


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